Raúl Prada Alcoreza: La mujer es creada de la nada

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La poesía que viene de poiesis, que significa creación, es una subversión estética constante. Se trata del desborde, de las sensaciones, del acontecimiento sensible, que es la vida misma. Cuándo leemos un poema estamos ante esta revelación de lo bello, pero, antes, del gusto, después, de lo sublime, de estas conceptualizaciones de lo inconceptualizable. Hablamos precisamente del desenvolvimiento estético del mundo y del universo .  
      
 
Vanesa Giacoman es una poetisa de la llajta, también de la urbe cochabambina, escritora emergida de esas plazas luminosas, habitadas por frondosos árboles, que meditan sobre la curvatura del tiempo. Poetisa construída en sus propias resistencias, que son piedras lanzadas al cielo, dados que caen en la tierra, provocando temblores. Resistencias que corresponden a las sensaciones rebeldes, a las sensibilidades abiertas al desciframiento de lo inconcluso, que es la fragmentación social y su angustiosa modorra. Desde su experiencia femenina interpela a los dispositivos de las dominaciones heredadas y reconstituidas en los hábitos de la gente.
 
 
Sin embargo, un afectuoso cariño por las cosas y los detalles, por las singularidades experimentadas en el torbellino de los días y las noches citadinas, crece como enredadera en las palabras acuaticas, en las metáforas atmosféricas, y en los ritmos turbulentos, combinados del amor; melodiosa musicalidad de la memoria. La poesía de Vanesa es intempestiva, también hiperrealista, acordándonos de esa agrupación semiclandestina de poetas, que ha hecho famosa la novela “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaños. 
 
 
“Mujer de nada”, el poemario, pronunciación iluminante de la consagración de los climas corporales, da cuenta, como una confesión a los fantasmas, de la experiencia meditada, detenida en la reflexión de las palabras, que caen como lluvia, otras veces como copos de nieve y otras como granizo, rompiendo las ventanas enmohecidas. 
 
 
También se puede leer “Mujer de nada” como denuncia interpelante; la acusación es categórica: La mujer no solamente ha sido convertida en cosa, ha sido cosificada por las compulsiones frustradas de las fraternidades de machos, sino que ha sido converdida en nada. El hombre no entiende a la mujer, pretende su sumisión, su dominación, pero solo logra evidenciar su lamentable miseria humana. Un colosal delirio por todo, empero, efectivamente, la manifestación espectacular de la impotencia. El hombre ha fracasado, desconoce a la mujer. En cambio la mujer sigue siendo la incógnita, la existencia desconocida, inatrapable, la alteridad absoluta. Más allá del bien y el mal.
 
 
La lectura de “Mujer de nada” es un viaje por los recovecos de la memoria femenina, cuya geología existencial conmueve por las dinámicas de sus sedimentaciones y estratificaciones en constante movimiento, en constante composición, descomposición y recomposición, por lo tanto, en permanente búsqueda del tiempo perdido.
 
 
El poemario no renuncia al amor romántico, al contrario, lo recupera en el sueño, en esa realidad profunda, que es como el recuerdo perdido en el olvido, sin embargo guardado en la singularidad del torbellino del agujero negro, donde se hunde todo y recomienza el universo de nuevo. Empero, no se olvida que este sueño emerge del páramo desolado, donde se sumergen las experiencias carnales del deseo experimentado. También emerge del dolor de ser mujer, del padecimiento periódico por dar vida y amamantarla. No es una renuncia a ser mujer, sino un reclamo por serlo y no ser reconocida.
 
 
El poemario descifra las relaciones amorosas en sus contradicciones laberínticas, insondables, en las entregas sin retorno, en el deleite del placer, sin olvidar que, después, solo quedan huellas. Pasa el tiempo y el recuerdo también se añeja, quizá como el vino tinto, guardado en la bodega del subsuelo.
 
 
“Mujer de nada” descubre, en pleno asombro, del acontecimiento, que lo que acontece y deviene es el eterno retorno de la niña, de la niñez de todos los nacimientos. La niña solar, cuyos cabellos viajan como vientos en estampida o resbalan como cascadas cristalinas, que no ocultan nada, sino hacen transparente los sucesos, a través de la mirada abierta de las palabras.

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